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Notes

En la base del periodismo moderno, pre y post Watergate, se encuentra el papel de desmitificar clichés y dudar de verdades que crean una ilusión de unanimidad. El ejercicio de esa facultad desmitificadora pone al periodismo en curso de colisión con los custodios del sistema. En democracia, hay un filtro poderoso para que esa vigilancia periodística esté acotada, no inflija más daño que el que el sistema está en condiciones de conceder. Ese filtro es nuestra propia educación periodística, nuestro currículum en las Escuelas de Periodismo, nuestra forma de enseñar de qué manera se debe cubrir el territorio noticioso y definir lo que constituye noticia. Los periodistas, aunque ya se comenzó obligadamente a cambiar currículums académicos, fuimos formados en una tradición oral de reconstitución de escenas. Preguntábamos después del choque ¿qué había pasado? Después del Golpe, ¿cómo se había llegado a esto? Después del crimen, ¿qué hizo que el asesino se convirtiera en asesino? Hicimos de la noticia un evento del pasado, mayoritariamente imposible de anticipar y reconstruida en su mayoría por la vía de preguntar a testigos y expertos qué pasó. No necesitábamos saber: nuestras fuentes sabían.